Mobirise

La solitaria tumba de Leon Scott Kennedy


Fue durante una intensa noche de otoño…

La brisa nocturna llevaba sobre sus hombros el horror y el alarido de la muerte…

Esa noche se habían alzado triunfantes toda la putrefacción y enfermedad alrededor de la ciudad. La muerte había salido de paseo, caminaba por calles vacías que antes solían estar llenas de gente con alguna razón de ser, por parques que días antes albergaban juegos y risas de niños inocentes. El infierno se había apoderado de cada rincón en la ciudad, pero era un infierno distinto, era un infierno silencioso. De vez en cuando se oía algún tenebroso quejido o llanto proveniente de los infectados que caminaban torpemente por las calles, chocando unos con otros, cayéndose a causa de algún tropiezo, era el paraíso de los muertos…y un infierno para el que quedaba vivo.

El disparo de mi pistola se podía a oír a kilómetros de distancia debido al eco que rebotaba en medio del sepulcral silencio aquella noche. Cada bala era un boleto que garantizaba mi supervivencia unos cuantos minutos más, corrí mucho esa noche, igual que en otras ocasiones donde corría y corría sin siquiera saber adonde ir. No había siquiera un solo rincón en el cual el espanto y la muerte no acecharan. De pronto y sin saber como, mi loca carrera me condujo a las cercanías de un cementerio.

Comprobé el cartucho y vi que me quedaban dos balas. Por primera vez, en todos estos años, esa noche pensé en guardar una… para mí. Temblando como nunca antes, me acerqué al muro de la entrada de aquel cementerio mientras que el sonido de una legión de infectados acercándose a paso lento por las calles comenzaba a llegar a mis oídos. No hay sonido mas horrible, no hay sensación mas pavorosa que la de estar completamente solo en medio de la noche y oír a los lejos aquellos tenebrosos aullidos y quejidos que amenazan con acercarse mas por cada minuto que pasa. En medio de esta situación vi salir del cementerio a una joven mujer que salió a ofrecerme ayuda.

-¡Ven conmigo!- me dijo apenas alzando su voz.

Le seguí, sin duda era una sobreviviente y me llevaba a un refugio en el cual me esperaban otras personas que estaban en nuestras mismas condiciones, sí, esa clase de suerte que siempre me salva en ocasiones críticas. Sin embargo me condujo a través de oscuros mausoleos que se veían aun mas siniestros recortados bajo la luz de la luna. Finalmente llegamos a un campo plano y despejado, la joven muchacha se quedó viendo una tumba que se encontraba en medio del camino. Le hablé y no me contestó, me daba la espalda, pues yo estaba tras ella. Volví a preguntar y no me dijo nada, de pronto y sin darse vuelta apuntó con su dedo a la tumba y a la inscripción que allí había:

“Aquí yacen los restos de Leon Scott Kennedy, quien luchó gran parte de su vida para evitar ocupar su lugar entre los muertos,… pero la muerte siempre gana”

Horrorizado terminé de leer la inscripción y la joven mujer se dio vuelta hacia mí, pude ver que ya no era la misma de antes, ahora su rostro estaba cayéndose a pedazos al igual que los demás infectados que andaban por la ciudad. Quise correr, pero me vi cercado por decenas de zombis quienes habían llegado al lugar sin hacer ningún ruido. Ninguno hablaba, ninguno se quejaba, solo se acercaban hacia mí en silencio, y en ese silencio logré sentir su venganza, la fría venganza la cual tarde o temprano tenía que llegar. Muchas veces había pensado en ese momento, en mi fin, en como los centenares de infectados que maté volvían y me reconocían, me reconocían como su asesino y cobraban su venganza. Saqué mi pistola, y metí el cañón con asco en mi boca, lloré y dediqué un último pensamiento a mi niñez, jalé el gatillo con fuerza y rabia, pero nada ocurrió. Pude ver que el cartucho que antes alojaba dos balas ahora se encontraba vacío. Los infectados me atraparon y antes de desvanecerme por completo pude reconocer a uno entre todos ellos, aquel único zombi en particular me hizo ver cual era mi terror absoluto, aquel zombi era yo, y habían cobrado finalmente su venganza al convertirme en uno de ellos…

Desperté empapado en sudor, con una amargura indescriptible. El mal sabor de la pesadilla me duró al menos una hora después hasta que de a poco me distraje con lo que pasaban por TV a esas horas de la madrugada…




Todas las noches imagino que vienen por mí...

LEON S. KENNEDY 03:47 A.M.

free html5 templates